La solidaridad con los animales nos hace mejores


Maullado por el
Gato triste y azul




Ya lo decía Mahatma Gandhi, y el eco de sus palabras sigue resonando con fuerza décadas después de su muerte, con un hálito que parece eterno. Además de luchar por los derechos de las personas, el pacifista que dio lecciones de humanidad al mundo no olvidó luchar también por la dignidad de los animales.

La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por el modo en el que se trata a sus animales, reza una de sus celebérrimas frases. ¿Pero, de qué habla Gandhi cuando menciona a la nación? No son asuntos de Estado los que menciona, sino la sociedad, alude a cada uno de nosotros sumados en una colectividad, en lo que llamamos una nación. Por lo tanto, tan grandilocuente frase va en verdad a lo concreto, a nuestro día a día. Es una flecha dirigida a nuestro talante, nuestra actitud y generosidad para con los demás para, en fin, con el otro más débil. Porque, así lo ve el hindú más célebre, la sensibilidad y el respeto no entiende de razas ni de especies.

Gandhi está hablando, en suma, de lo mismo que Immanuel Kant cuando sentenció en una ocasión algo bien parecido, pero que ya directamente habla de ti y de mí, de todos y de cada uno de nosotros: Podemos juzgar el corazón de un hombre según como trata a los animales. ¿Acaso no hablan los dos de lo mismo, a pequeña uno, y a gran escala el otro? ¿Acaso no se está diciendo que el respeto hacia los animales tiene categoría de valor universal, independientemente del contexto, más allá de las circunstancias?


Solidaridad rima con humanidad 
Si piensas que ayudar a un animal en apuros impide salvar a una persona necesitada, siento decirte que te equivocas. No hay por qué elegir, la solidaridad desprende esa magia, es como el milagro de los panes y los peces. Como la sonrisa, sus efectos se multiplican, acaba contagiando una conducta generosa que nos beneficia a todos, animales y personas necesitadas.

Ser humano, bueno, generoso, en realidad no tiene límites ni fronteras. Los actos inteligentes, es decir, civilizados, no distinguen entre si tenemos patas o piernas, boca u hocico, por el contrario se fijan en la debilidad de la víctima, en su incapacidad para defenderse, en su necesidad de ayuda. No podría haber dormido hoy si hubiese dejado perecer allí en el suelo a aquella pequeña e indefensa criatura, dijo una vez Abraham Lincoln.

Todo ser que sufre y necesita ayuda, por lo tanto, es alguien a quien prestar nuestra atención, si es que podemos hacerlo. La teoría del bien limitado es una trampa mental en la que no debemos caer. Esta forma de pensar no es real, porque en realidad lo que hay y no que no hay, los recursos, dependen más de una buena y equitativa administración que de un reparto en función de nuestra raza, estatus social o especie.

En conclusión, el altruismo como filosofía de vida, como motor de nuestras acciones sólo nos enriquece como personas. Si, además, tenemos un entorno cálido que también participa de esta forma de estar en el mundo, nuestras acciones no serán tan a la desesperada, ni nuestra prédica un grito en el desierto.

Actitud en el día a día
Una prueba de que una actitud es altruista, humana de forma auténtica, es que lo será sobre todo a pie de calle, hacia quienes tiene más cerca, pues será precisamente en tu entorno donde fácilmente te encontrarás con seres que sufren a la altura de tus sentidos.

Hablando de animales, resultará fácil que te encuentres con gatos y perros heridos y/o abandonados, sencillamente porque se trata de una lacra social que todavía estamos muy lejos de resolver. Un mal endémico que, caso a caso, y en la medida de sus posibilidades, resuelven de forma individual personas buenas, que no miran hacia otro lado. ¿Pero, qué pasaría si toda la sociedad tuviera, gozara de un clima más solidario, si hubiera respuestas sociales al maltrato animal?

Ocurriría que se comprarían infinitamente menos animales, que se adoptarían muchísimos más, que se esterilizaría a las mascotas para evitar nacimientos que acaban siendo abandonos y saturando las protectoras. Sucedería, en fin, que el problema no tendría las trágicas dimensiones que ahora tiene. Que las perreras no serían lugares de exterminio para pobres víctimas, y que ello se debería a una sociedad más sana: que exige un trato digno para los animales (sin concebir el sacrificio) y que gracias a sus valores también provoca menos abandonos.

Un mundo solidario ayuda a todo aquel que sufre, sin distinciones. Si la cultura de la humanidad, si sus valores ganaran en riqueza solidaria, no habría personas sobrecargadas, afligidas con este problema de salud mental, que nos afecta tanto a nivel personal y social, que supone del maltrato animal. En este caso, la gente se dedicaría a sus hobbies, y no al voluntarismo animalista, una dura, durísima actividad que sólo quienes la ejercen, la viven saben hasta qué punto exige un sacrificio personal.

Adoptar es amar
También será en tu realidad cotidiana donde, quizás, desearás tener una mascota. Y entonces será el momento de demostrar tu rechazo hacia la crianza de animales para hacer negocio. Será el momento de adoptar, una decisión con la que no sólo demostrarás tu amor -un afecto lleno de cariño respetuoso- hacia el animalito que adoptas, sino igualmente hacia los que todavía no han encontrado dueño.

Porque, y esto se ha dicho mil veces, pero nunca son suficientes, adoptando haces tres cosas maravillosas: descubres o confirmas que sólo el necio confunde valor y precio, además de salvarle la vida a un animal para el que quizás tu eras su última oportunidad. En tercer lugar, además, dejas un lugar libre en el refugio o en la casa de acogida para rescatar a otro animal.

Activismo animalista
No es necesario formar parte de movimientos animalistas para demostrar que compartes su filosofía de vida, de respeto por la vida. De hecho, si estos movimientos existen es precisamente porque la sociedad carece de actitudes solidarias en su día a día. Por lo tanto, si cada uno de nosotros cultivara el respeto por la vida en pequeños gestos cotidianos, ni siquiera sería necesario el activismo. No tendría razón de ser.

¿Y qué he de hacer, entonces, cosas como dejar de comer carne? No es necesario hacerse vegano radical para contribuir a tener una sociedad más justa. Más allá de comer o de no comer carne, al margen de apoyar o boicotear la industria cárnica, la experimentación con animales, el tráfico de animales y el indecible sufrimiento animal que ello conlleva, sería un gran paso adelante no engañarnos a nosotros mismos con nuestros pensamientos.

Ser honesto es el primer paso para respetarse a uno mismo y a los demás. Para avanzar. Reconocer que el sufrimiento animal existe y hay que erradicarlo, aunque nuestras conductas culturales sean incoherentes con ello, es un adelanto, el mejor caldo de cultivo para que las cosas mejoren, vayan cambiando poco a poco.

Compartir es vivir
En www.gatosencasa.com estamos convencidos de que se ha de predicar con el ejemplo, siempre en la medida que uno pueda, y siendo honesto con las propias reflexiones. Abrirse al otro sin miedo, ser valiente en la actitud solidaria es importante. Pensar a lo grande, tener valores inmensos de generosidad y solidaridad con los animalillos, ser utópico y soñador vale un imperio en estos casos, pues con ello contribuimos a un mundo mejor.

No lo olvides: pequeños destellos de solidaridad tuyos y míos, nuestros, acaban contagiándose socialmente. Tu vecino, tu amigo, tu novio o esposo, tus hijos, todo lo que te rodea está recibiendo a través de ti unas vibraciones positivas que, pese a ser minúsculos granos, sí ayudan al compañero y acaban haciendo granero. El granero de la inteligencia emocional, ese con cuyo trigo se hace el mejor pan, el que alimenta a todos y el que siempre sienta bien. ¿Porque, es o no cierto que compartir es vivir?

Fuente: www.gatosencasa.com
Fotografía: stuntcrazy

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