Gato-cuentos 'Flash Cat': El jardín


Maullado por el
Gato triste y azul




Saltó al borde del muro. Su mirada se posó en mí como el plomo se posa en el fondo del agua. Yo me ocupaba de mis rosales, siempre los he amado. Los considero la realeza de las plantas. Al principio traté de ignorar esa mirada. Pero ésta actuaba como un imán y no pasaban ni veinte segundos sin que volviese mi cabeza para comprobar que el intruso aún permanecía allí, sobre el muro que cierra mi jardín. ¿Qué hacer en ese caso? ¿Arrojarle una piedra para hacerlo saltar? ¿Mostrarme indiferente e ignorarlo por completo? ¿Imitar, como hacen los niños, un ladrido, un gruñido, el sordo resoplar de algún feroz animal para provocarle la huida? Acabé por meterme en la casa, al abrigo de aquella mirada que tanto me conturbaba. Pero ni aún así logré serenar mi espíritu.

De tanto en tanto, acudía al ventanal que da al jardín. Y tras los visillos, como un auténtico rufián, atisbaba aquella figura posada sobre el muro, mirando fijamente hacia mi vivienda. Era indudable que esperaba pacientemente mi regreso. Y regresé junto a las rosas. No pude evitarlo. Dentro de la casa era mayor mi inquietud. En un primer momento, el corazón me dio un vuelco de alegría. ¡El intruso había desaparecido! Cansado, seguramente, de observar a un sujeto tan vulgar y aburrido como yo, había abandonado su atalaya. Me sentí como si de repente me hubiera quitado de encima un traje viejo y sucio.

El sol volvía a caldear la tierra; las rosas, a llenar de fragancia el universo entero; la hierba, a brillar como auténticos alfileres de plata; e incluso el gorjeo de algunos pájaros, embellecía el silencio con pequeños contrapuntos repletos de armonía. Pero, súbitamente… ¡No podía creerlo! Aquel ser había saltado al pie del cerezo, sobre el rectángulo donde tres meses antes había enterrado, descuartizada y metida en bolsas de plástico, a mi esposa.

La policía había husmeado por todos los rincones de la casa, sospechado de todos los vecinos y, por supuesto de mí, el marido. Pero había acabado por diluirse en la más tediosa incompetencia y archivando el caso. Y ahora… Ese inquietante felino venía a remover la basura que enturbiaba mi interior, a introducir en mi alma el fuego de un infierno que permanecía latente desde que cometí aquel terrible crimen. Con su mirada. Con su acusadora mirada. Sólo con eso me precipitaba al pozo más siniestro de una locura que, de pronto, me resultó insoportable. Corrí despavorido, fuera de mí, hacia la casa, en busca de un arma que me librase para siempre de un sentimiento de culpa que me devoraba por dentro.

Antes de trasponer la puerta, con la desesperación que demuestra un náufrago momentos antes de hundirse irremediablemente en el océano, volví mi cabeza y le lancé una última mirada al gato acusador. Pero éste seguía en el mismo rectángulo de arena, con el pelo encrespado y una mirada que me penetró hasta el tuétano, acabando por desintegrar la pequeña luz de cordura que aún aleteaba en mi espíritu a pesar de la degradación en la que me hallaba sumido.





Autor: Gato León, escrito para Gatos en casa. Todos los derechos reservados.
Fotografía: dotpolka

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