'Gato': Relaciones con los ratones (capítulo 4)


Maullado por el
Gato triste y azul



Capítulo IV
La llegada a mi nueva morada estuvo llena de delicadezas. El tabernero me recibió con los brazos abiertos, mientras estaba descuartizando en la cocina una liebre para la cena de su clientela. Con una mano esgrimía un cuchillón de la familia de las espadas y con la otra, ensangrentada aún por las tareas que lo ocupaban, me agarró del pescuezo, me examinó detenidamente cuan largo era y me arrojó a uno de los rincones de aquella estancia maloliente y desarreglada.

-Tú a lo tuyo –me espetó con su voz ronca -, que es librar la casa de roedores. Y aplícate –me ordenó - porque ya ves con qué clase de juguetitos me entretengo-. Y me mostró el largo acero que sujetaba.

Yo, que para lecciones programadas soy un tanto duro de mollera, entendí esta otra ocasional a la perfección y me dediqué a hacer mis primeras incursiones por donde más o menos pensaba que pudieran hallarse los molestos huéspedes de mi exigente dueño. Verdad es que yo no tenía experiencia en caza alguna. En el convento, a pesar de las quejas de las monjas, la comida abundaba y cada cual, alargando la mano, se surtía a sus anchas sin necesidad de pensar en drásticas medidas.

Husmeando y conociendo la tabernucha me pasé la mayor parte del día y, cuando mis tripas comenzaron a entablar diálogo, sin que el patrón de la casa mostrase el más mínimo interés en lo que decían, comprendí que mi subsistencia se hallaría indisolublemente ligada a los pequeños roedores que tan a sus anchas campaban por doquier. Atrapé, pues, uno de ellos a voleo y me quedé mirándolo sin atreverme del todo a hincarle el diente, pues hasta entonces nunca lo había hecho con ser vivo alguno.

-Si vas a comerme, déjame antes al menos avisar a mi familia para que no me esperen a cenar- me pidió el ratoncillo con cierto desenfado y sin el menor atisbo de miedo en el rostro.

La sorpresa me obligó a concederle una petición tan lógica que, de no hacerlo, me hubiera dejado con la conciencia intranquila durante mucho tiempo. Y no sólo le concedí este deseo, sino que lo acompañé a su madriguera y participé en una opípara comida que en mi honor improvisaron los habitantes roedores de lo que para entonces ya me parecía una espléndida y bien organizada mansión.
Continuará...

Estoy leyendo el capítulo 4: De cómo Gato entabla relaciones con los ratones
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Autor: Gato León, escrito para Gatos en casa. Todos los derechos reservados.
Fotografía: Chika

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