'Gato': Zamous, un ratón aventurero (capítulo 6)


Maullado por el
Gato triste y azul


Capítulo VI
El bodeguero comenzó a sospechar de que algo raro ocurría delante de sus narices al verme todo el día tumbado a la bartola y relamiéndome de gusto los bigotes las más de las veces.

Los hurtos de los roedores no habían disminuido, sino todo lo contrario, puesto que exclusivamente para mí preparaban opíparas comilonas. Y el bodeguero me pasaba factura a base de puntapiés y todo tipo de golpes y maltratos, haciéndome responsable de todos los males que pudieran ocurrirle.

Yo aguantaba, porque al fin y al cabo el cómputo general me resultaba favorable y durante muchas horas gozaba de la agradable compañía de mis amigos roedores, de los que oía insólitas aventuras que me dejaban traspuesto de emoción.

Zamous, por ejemplo, mi amigo gobernador, había tenido una vida muy agitada hasta recalar en la bodega. Nacido en una población africana, cuyo nombre ni él mismo recordaba, hubo de emigrar a causa de unas hambrunas, escondiéndose entre la carga de un buque con destino incierto. Atravesó un océano y tan pronto como el navío atracó en un puerto, echó pie a tierra, harto de los bandajes de las olas. Se adentró por una selva cercana y conoció a toda clase de animales. Pero sus peores momentos los pasó al cruzarse con una víbora dispuesta a darle caza. Trepó a los árboles, se escondió en todos los agujeros y trató de burlar a su perseguidora de mil y una formas. Pero todo resultaba infructuoso.

Estaba a punto de que la víbora acabara devorándolo, cuando descubrió una laguna repleta de cocodrilos. En un intento de fuga que tenía más de suicidio que de salvación, se precipitó a las aguas encomendándose a todos los dioses protectores de los ratones. La víbora no quiso renunciar a su presa y también se precipitó a la laguna, sin reparar, seguramente, en los peligrosos habitantes que la poblaban. Y su inconsciencia le costó cara, porque al instante, dos de ellos abrieron sus enormes fauces y se la engulleron, como vulgarmente se dice, de un sólo mordisco.

Acabada tan frugal comida, volvieron los reptiles sus cabezotas hacia el minúsculo ratoncillo, y considerándolo seguramente un postre apetecible, agitaron nerviosamente sus colas y nadaron hacia él a una velocidad de vértigo. Zamous cerró sus ojos, cesó en su empeño natatorio y dejó que las aguas cubrieran su cabecita, dándose ya por muerto.

De súbito, notó que algo o alguien tiraba de él y lo obligaba prácticamente a volar envuelto en una pequeña red. En medio de esta brusca sacudida aún pudo advertir las enormes fauces de un cocodrilo arañándole la ropa. Por milímetros se había salvado. Confuso, enormemente asombrado, volvió su vista hacia su salvador: era una ratoncilla que aún mantenía en sus manos la cuerda atada a la red.

-De buena te has librado –le dijo-. Con esta red he salvado a más de uno de acabar en la tripa de los cocodrilos.

Desde entonces, Zamous no se separó de aquella ratoncilla.

Con ella formó una familia que fue creciendo hasta convertirse en toda una inmensa tribu de roedores que acabó instalándose en la bodega y fundando una sociedad modélica en la que Zamous y su esposa actuaban como verdaderos patriarcas.
Continuará...

Estoy leyendo el capítulo 6: Zamous, un ratón aventurero
Empieza desde el principio, capítulo 1: La voz de una estrella

Autor: Gato León, escrito para Gatos en casa. Todos los derechos reservados.
Fotografía: alamez

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