'Gato': En una caja de cartón (capítulo 3)


Maullado por el
Gato triste y azul



Capítulo III
Reunidas inmediatamente en solemne cónclave, las monjas clarisas comenzaron a especular sobre cuál sería el escarmiento que se me podría aplicar. Es cierto que algunas hermanas abogaron por mí, aduciendo que el padre Francisco de Asís amaba los animales y que lo de las longanizas había que tomarlo con cierto desenfado y comprensión puesto que la camada de gatos que merodeaba por el convento se hallaban si no enfermos, al menos famélicos y muy desnutridos. Razones de esta guisa sólo provocaban sarcásticas respuestas en sor Agria cuando no destempladas respuestas que acabaron por hacer enmudecer al resto de sus compañeras. Todavía recuerdo cuando sor Agria se acercó a la pequeña jaula de madera en la que me habían metido y aplastando su cara contra los barrotes bramó sin apartar sus ojos de mí:

-Este ladrón de longanizas solo merece un castigo: ¡el río!

Y ante el estupor general y el pánico que a mí me dejó helado, aún añadió, regodeándose en cada una de las palabras:

-Y seré yo misma quien lo lance a las aguas.

Tras este veredicto tan atroz, se produjo un silencio brutal. Algunas monjas no pudieron evitar las lágrimas; otras, se quedaron boquiabiertas con un gesto horroroso pintado en el rostro; otras, en fin, ocultaron sus rostros con ayuda de sus manos, como negándose a aceptar una situación que las hería en lo más profundo.

Sea que la madre superiora quisiera mediar entre sor Agria –a quien en el fondo temía por su violento temperamento- y el resto de las hermanas, sea que el espíritu del padre fundador aletease en alguna medida en su interior, o sea, por último, que se enterneciera por el espanto que reflejaba mi rostro, el caso es que tomó la palabra para decir:

-Es indudable que el ladronzuelo merece un castigo. Es indudable también que en una época de tantas penurias y escaseses no podemos tolerar que alguien aligere nuestras despensas en perjuicio de la comunidad. Pero también es cierto que de nuestra boca jamás saldrá una condena a muerte, ¡jamás! Hace tan solo unas pocas semanas oí al tabernero del pueblo quejarse de la plaga de ratones que llena su almacén y de la necesidad que tendría de hacerse con un gato para ahuyentarlos o, en fin, para darles caza. Mi decisión, pues, va por ese lado. Le ofreceremos nuestro cachorro al tabernero y vamos a confiar que, aceptándolo, quede resuelto este desagradable incidente y nuestra comunidad encuentre la paz espiritual tan alterada por los recientes acontecimientos.

Sin más preámbulos ni cortesías, me introdujeron en una caja de cartón y, sin dejarme comprobar los beneficios de mi robo en las barrigas de los míos, cosa que podría haber servido para mi consuelo, fui desterrado al otro lado del mundo, a un lugar frío e inhóspito en el que me ocurrieron no pocas aventuras, la mayor parte de ellas aderezadas con golpes, patadas, caídas y, en fin, sufrimientos de toda clase.

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Autor: Gato León, escrito para Gatos en casa. Todos los derechos reservados.
Fotografía: aprilzosia

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