'Gato': Buscando comida (capítulo 2)


Maullado por el
Gato triste y azul



Capítulo II
Pero sor Agria ganó la partida. La gota de agua que colmó el vaso se produjo cuando atrapé una ristra de longanizas que sor Agria había escondido debajo de su colchón. Esta monja poseía un volumen corporal dos veces mayor que el de cualquiera de sus compañeras de hábito. Y, lógicamente, precisaba comer algo más que el frugal condumio que solía depositarse sobre las escudillas en el refectorio. Para lo cual se veía en la necesidad de sustraer esto o aquello de las despensas, aprovechando descuidos de la hermana encargada del mantenimiento, y ocultándolo ladinamente en su celda.

Por mi natural curiosidad, yo andaba en posesión de este secreto, aunque no osaba penetrar en aquel templo de Alí Babá por las malas maneras de su dueña, como lo atestiguaban unos cuantos pellizcones que afeaban mi hermoso pelaje gris. Y mi falta de osadía no se hubiera roto a no ser porque mis hermanos entraron en una etapa de desgana colectiva que, cual ligero tobogán, los precipitaba a una muerte segura. Nada de lo que mi madre les proporcionaba llegaba a provocar en ellos el deseo de comérselo. Enflaquecían a horas vista.

Sus cuerpecillos delataban los malos momentos por los que atravesaban. Se podían contar todos y cada uno de los peldaños de sus cajas torácicas. Sus rabos se alargaban considerablemente y languidecían mientras los arrastraban por el suelo. Sus cabezas, incomprensiblemente, engordaban y sus ojos se hundían en las cuencas como si quisieran desaparecer en el fondo de un pozo que tal vez llegaba hasta su alma. En fin, que no pude permanecer insensible ante esa situación, y mucho menos cuando mi madre comenzó a llenar los aires con esos lastimeros maullidos que hacían callar por el día a las aves y que, por la noche, provocaban lluvia de lágrimas en las estrellas. Por eso me colé en la celda de sor Agria. Por eso agarré con lo que para ella eran mis fauces esa ristra de longanizas tan pulcra y cuidadosamente escondida bajo el colchón. Y por eso me lancé pasillo adelante a todo correr, saltándome escaleras, esquivando columnas y defendiendo mi botín contra todo un tropel de mujeres vocingleras alertadas por la que hasta entonces muda e ignorante se había mostrado en el tema de las longanizas.

-Mirad quien es el ladrón –bramaba la muy ladina. Y era la que más se afanaba en la persecución. Y era la que más encendía a las demás y quien más las arengaba y quien, en definitiva, clamaba por un severo castigo contra quien así atentaba contra los intereses de la congregación. -¿Nos reiremos como bobaliconas, como acostumbramos con este hijo de Satanás? –las reprendía a todas. Y aún añadía: -Si vosotras no sabéis, yo sí sé la manera de librarnos de una lacra así. ¡Cogedlo, cogedlo que no escape y ponedlo en mis solícitos brazos que yo lo pondré a buen recaudo!

Y de esta guisa y de otras del mismo estilo me cercaban y trataban de interrumpir mi huida. Finalmente me atraparon, pero no antes de que la ristra de tierna carne estuviera a buen recaudo en el matorral y mi madre y mis hermanos hubieran comenzado a congraciarse con el mundo y con el alma del universo.

Estoy leyendo el capítulo 2: Buscando comida
Sigue leyendo, capítulo 3: En una caja de cartón
Empieza desde el principio, capítulo 1: La voz de una estrella




Autor: Gato León, escrito para Gatos en casa. Todos los derechos reservados.
Fotografía: pimkiwinkitinki

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